Patagonia mágica

Las ganas de irme sin un pasaje de vuelta era más grande de lo que me decía el trabajo y la facultad. Como hacer un “punto” y poder disfrutar de algo que me había volado la cabeza, sin tiempo, sin apuros y con un bolso lleno de ilusiones.

Al terminar con un trabajo, renuncié y saqué pasaje de ida a la ciudad de Junin de los Andes para el 6 de diciembre, sin saber si regresaría para mi cumpleaños o las fiestas. Cual era la ruta, cual era el destino, no era para nada claro. Lo único claro eran las ganas de pedalear.

Al llegar al primer destino y punto de partida me inundaron las ganas de armar la bici y salir lo antes posible pero, el anochecer, me hicieron guardar el envión para el día siguiente cuando, por fín, comenzaría a pedalear.

No sé si son las cosas del destino o simplemente casualidad, pero al segundo día de viaje tuve la suerte de coincidir con Marco Pellegrino, un ciclista Italiano que venía pedaleando desde Santiago de Chile con la idea de unir las ciudades de Ushuaia y Buenos Aires. Estar con él me voló la cabeza y empecé a pensar en “grande”, no solo por lo que venía haciendo, sino por lo que me transmitía en sus relatos sobre las proesas que había hecho antes – vuelta al Mediterráneo, Asia, África – y todo el aprendizaje que la bicicleta le había dado. Además de la oportunidad de unir distancias grandes y utilizar la bici como medio de trasporte limpio, sano y sustentable.

Con Marco compartimos solo 4 días, que fueron los suficientes para que no sea más el mismo, me animara a romper estructuras y empezar a “divagar” un poco más con respecto a viajar en bicicleta.
Y fue por ese motivo que el viaje siguió como siguió, más de 50 días en la Patagonia, conociendo y recorriéndola de Norte a Sur, mucho en bici  – poco más de 1800km pedaleados – , mucho en micro/camiones y conociendo lugares increíbles; ccomo por ejemplo Península Valdés, Ushuaia, El Chaltén. Lugares inhóspitos, donde antes de animarse a recorrerlos en bicicleta hay que pensarlo dos veces y donde se ve la solidaridad de la gente en su máxima expresión, ahí es donde te acercan el vaso de agua que necesitas, te  invitan a comer y hasta te brindan un techo para dormir. Ahí es donde se empieza a sentir el “poder de la bicicleta” y el nexo increíble que genera entre las personas.

Al ser el único medio de trasporte que implica esfuerzo físico la gente lo ve y se brinda, y uno tiene la oportunidad de entrar en diferentes realidades, a veces buenas y a veces no tanto, siendo ese el momento en donde uno deja de ser “turista” y se convierte en “viajero”, para nutrirse como persona y absorber todo lo que el entorno esté dispuesto a dar.

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