“A donde nos sorprenderá la noche hoy?”

Carpa. A esa la llevo yo en la alforja. No vaya a ser cosa que nos perdamos en la ruta y me quede sin lugar donde extender el aislante. Aunque, la “verdad de la milanesa” es que ningúno de los dos se separa del otro más que 100mtrs mientras pedaleamos. Y nunca, jamás, por estar en desacuerdo o enojados. No. La “separación rutera” se dá en raras ocasiones cuando uno tiene mejor ritmo o el otro va en su mundo mirando el paísaje y baja la velocidad.

En la ruta somos como caracoles, vestimos nuestra casa encima. Y no hay forma de extraviar nada. Cada cosa tiene su lugar preciso, desde el mate para las tardes de relax hasta la latita de atún que entra en acción cuando abrimos un paquete de pasta.

Con los pies sobre los pedales vemos como el día cambia al ritmo del viento y las horas. Como el cielo se vuelve celeste después de un temporal. Como las nubes avanzan o la neblina nos corta la visión, haciéndonos entrar en una escena tenebrosa. Como el día se hace noche, dando lugar a atardeceres mágicos con el horizonte que se pierde en el camino.

Cada día, cuando llega esa hora especial, de luces tenues,  de cielos teñidos de naranja y rojo, empieza la búsqueda de un “lugarcito” donde poder desplegar nuestra pequeña casa. Nuestra carpa.

La vista se va entrenando, se afina, volviéndose más hábil para divisar a lo lejos un posible lugar para acampar. “Mirá Magui, que buen lugar para “free camping”, me dice Brian mientras pedaleamos. Aunque, a veces, esos lugares soñados aparecen frente a nuestros ojos cuando aún tenemos unas horitas de sol y energías para seguir en la bici.

“Ahí duermen?” “Ahí les entra todo?” suelen preguntar algunas personas. Y sí, Sras. y Sres., los espacios dentro y fuera de la carpa están fríamente calculados. Dormimos con nuestras pertenencias más preciadas, llamesé: arroz, fideos, avena y dulce, en el interior de nuestra carpa, haciendo una especie de cerco perimetral que funciona más bien como relleno de espacio inutilizado.

¡Por fortuna! – dirían los tanos- hace ya un tiempo que no me muevo como lo hacía en la infancia, tirando patadas voladoras para acá y para allá, lo cual hace más placenteras nuestras noches. El día que a los pies les falte el bolsito que amortigua nuestros movimientos hacia la punta de la bolsa de dormir, seguramente nada vuelva a ser igual.

Es increíble y a la vez estimulante saber que en las alforjas lo tenemos todo. Nada es comparable al poder sentirse auto suficiente a la hora de descansar, sin depender de llegar o no a una ciudad para buscar donde alojarse.

Así es como la noche nos puede sorprender en el lugar menos pensado, a orillas de un arroyo, delante de una gomería, cerca de un bar o en el patio de una casa.

Sea cual sea el lugar, hay un momento en el que la mente se relaja, las piernas se estiran, la carpa se arma y sentimos estar en casa. Después de unas lindas horas de pedaleo se hace inminente la necesidad de descansar, abrir las bolsas de dormir, jugar a cazar mosquitos – que se colaron por ahí- reírse a más no poder y despertar al día siguiente con el feliz pensamiento de “A donde nos sorprenderá la noche hoy?”. 

 

“Casa, ese lugar en donde poder estar en paz junto a vos” – Jovanotti

http://www.youtube.com/watch?v=kgt91OWfcfw

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